La excelencia

Los diccionarios nos indican que la excelencia es un nivel superior, eminente o superlativo al cual podemos llegar en un ámbito concreto de nuestras actividades humanas. También se define como alguna cosa con una calidad superior o algo muy bueno en su género, que los hace dignos de estima y aprecio.

Es el conjunto de valores, comportamientos, conductas, actitudes y aptitudes que configuran un estilo de vida, donde el reto constante es hacer las cosas bien. Se puede decir que es el resultado de hacer “un poco más”, de forma repetida y a lo largo de los años.

La excelencia no es un fin a obtener, sino un proceso de mejoramiento continuo y harmónico de todas las dimensiones del ser humano: corporal o física, mental o psíquica y espiritual. Al ser un proceso, es indefinido en el tiempo y por tanto no termina nunca. Siempre se puede mejorar y crecer, desterrando y abandonando hábitos negativos, sustituyéndolos por otros de positivos.

Nos lleva a hacer las cosas lo mejor que podemos, dedicando esfuerzo y energía a cada tarea y a cada relación y desarrollando todo el potencial posible de cada persona. No se trata de hacer las cosas mejor que los demás, sino que se trata de dar lo mejor de uno mismo.

No hay que confundir la excelencia con la perfección, que es el nivel máximo y equivale o significa “hacerlo todo bien, siempre”. Este objetivo, como humanos que somos es inalcanzable: nosotros no somos perfectos y, por tanto, cometemos errores.

Esto no nos ha de provocar ningún tipo de desánimo, al contrario, nos ha de estimular a seguir mejorando, pues aunque no nos sea posible alcanzar la perfección, cuanto más nos acerquemos a ella, más alto será nuestro nivel de excelencia.

El poeta griego Kavafis, a finales del siglo XIX, en su obra “Viaje a Itaca”, refiriéndose a los conceptos de perfección y de utopía, nos dice que más importante que el hecho de llegar, es todo lo que se aprende en el camino, que en definitiva es lo que nos hace crecer y evolucionar.

Mucho más atrás en el tiempo, 100 años antes de Cristo, Cicerón escribió la siguiente reflexión, que también nos ayuda a comprender el concepto: “propio de humanos es el errar, más sólo de los necios permanecer en el error”

A pesar de que no se pueden dar recetas concretas, relaciono a continuación un “decálogo de ideas” de como conseguir niveles de excelencia:

– Conviene tener un conocimiento real de uno mismo (puntos fuertes y puntos débiles) y la suficiente sinceridad para no caer en el auto-engaño: no confundir lo que uno “es” con lo que nos “gustaría ser”, teniendo siempre confianza en nosotros mismos.

– Exigencia y esfuerzo: vencer la pereza y la comodidad es el inicio de la excelencia. Hay que actuar con iniciativa y fuerza de voluntad, imponiéndose una cierta auto-disciplina.

– Hacer las cosas o intentarlo, sin buscar razones para de-mostrar a los demás que no se pueden hacer.

– Comprender que en la vida no se nos da todo hecho, hay que generar oportunidades para obtener éxitos.

– Fijarse objetivos alcanzables y revisarlos, actualizándolos de forma periódica.

– Cuando tengamos un fracaso, hay que saber decir “me equivoqué”, rectificar y proponerse no volver a caer en el mismo error. Volver a levantarse con espíritu de aprendizaje y superación, sin culpar a los otros.

– Cuando tengamos que decir “no”, hacerlo siempre con buenas maneras.

– La envidia, el engreimiento y el orgullo son autodestruc-tores de la excelencia. Nunca mirar a los demás con aires de superioridad.

– Levantar la vista del suelo y elevar el espíritu soñando que logramos lo que aparentemente no es posible.

– Acercarse a todo aquello que es positivo, honesto, puro, limpio, bueno y sano.

Con el sentido de utilitarismo que domina actualmente en nuestra sociedad, alguien puede preguntarse ¿y todo esto para qué sirve?

Pues nos sirve para crecer a nivel personal y poder tener una vida mejor, más elevada y plena. Una vida plena es una vida feliz y está claro que no se puede disfrutar de una vida plena en la mediocridad ni en la mezquindad.

También es útil para hacer del mundo un lugar mejor para vivir. No podemos cambiar a los demás para que mejoren, pero nosotros sí que lo podemos hacer.

Por otro lado, la vida va muy deprisa y tiende de forma constante a la complejidad, cada vez todo nos cuesta más. Si no estamos preparados y a punto para seguir su ritmo, corremos el riesgo de estancarnos y si estamos mucho tiempo estancados, entonces “morimos”, no a nivel físico, pero sí a nivel mental o espiritual.

Una última reflexión es que cuanto más nos acerquemos a la “situación ideal”, más altos son los niveles de satisfacción y autorrealización que nos produce la excelencia.

Todos podemos beneficiarnos de aspirar a la excelencia. Está al alcance de todo el mundo. Como se ha dicho, se trata simplemente de hacer las cosas lo mejor posible en cada momento.

La pregunta que nos podemos formular es: ¿queremos formar parte de la estadística que incluye la mediocridad mayoritaria o queremos marcar una cierta diferencia, aspirando a la excelencia? La respuesta la encontraremos en el interior de cada uno de nosotros. ¡Sólo nos lo hemos de plantear!

JORDI ESTELLER

Mayo 2012

 

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