La exageración

Todos sabemos lo mucho que cuesta comunicarnos de forma correcta y la cantidad de problemas y malentendidos que produce entre las personas el hecho de no entenderse bien.

La exageración es una de las distorsiones más frecuentes de la buena comunicación. El objetivo de este escrito es plantear algunas reflexiones sobre el hecho de exagerar las situaciones y las consecuencias que provoca en los demás el particular estilo de comunicar exagerando las cosas.

La exageración no deja de ser una deformación de la realidad. Todos conocemos gente que exagera las cosas: su forma de hablar o de reaccionar ante determinadas circunstancias no los hacen notar de forma clara.

Surgen unas cuantas preguntas: las personas que exageran, ¿por qué lo hacen?, ¿cuál es su intención al exagerar?, y ante todo, ¿que consecuencias producen?

Existen dos grupos de personas que exageran las situaciones. En el primer grupo encontramos a las que no perciben la realidad de forma correcta, ya sea porque no hacer un buen análisis de los hechos que suceden o han sucedido o bien porque sus fuentes de información son erróneas.

Normalmente se trata de gente que “viven en su mundo”, con frecuencia apartados de la realidad diaria, personas con buena voluntad que, sin quererlo, deforman las cosas que explican. Por tanto, sus comunicaciones suelen estar equivocadas y llenas de errores, tanto de concepto como de contenido.

La consecuencia inmediata de esta conducta es que se convierten en personas sin fiabilidad. Los demás ya saben como son y piensan que aunque no tengan intención de engañarnos, no se enteran de lo que pasa y no comprenden bien las situaciones. Entonces, la reacción natural es que no se les hace caso.

En el otro grupo están las personas que no tienen problemas de conexión con la realidad; lo único que buscan en la exageración de sus afirmaciones es aumentar de forma intencionada el contenido o la verdad de lo que están diciendo. Pretenden que los que reciben sus mensajes les otorguen más importancia de la que realmente tienen o se hagan una idea o imagen errónea y que les permanezca más tiempo en el recuerdo o la memoria.

Un ejemplo claro de este tipo de exageración lo podemos ver en los titulares de algunos periódicos. La voluntad periodística, que aceptamos todos, no es otra que la de llamar la atención de los lectores para que lean lo que exageradamente anuncian y, por desgracia, a veces incluso tergiversan.

Surgen nuevas preguntas: ¿se les pueden llamar manipuladores a los que exageran?, ¿se puede considerar la exageración como una mentira?

Respecto la primera de las cuestiones, importantes psicólogos americanos dicen que de la misma manera que “no es posible no comunicar”, también es cierto que “no es posible no manipular”, entendiendo que con la argumentación de las ideas propias, por mucha predisposición que se tenga, siempre existe un cierto propósito de arrastrar a los demás hacia el pensamiento propio.

En cuanto a la segunda de las preguntas, veamos primero que se entiende por mentira: la definición nos indica que es una afirmación intencionada y consciente hecha por alguien que sabe que no es cierta, o sea que es falsa, esperando que las personas que le escuchan se la crean. También se considera mentira la ocultación parcial o total de la realidad por parte de una persona que la conoce. Y termina la definición diciendo que la intención clara del mentiroso es engañar a los demás.

Estoy de acuerdo con un clásico de la literatura castellana que dijo “la exageración es la mentira de las personas honradas” y me permito añadir que deberíamos meternos en el cerebro de las personas que exageran para saber si su voluntad es engañarnos o no. Por tanto, como receptores de comunicaciones exageradas, sólo podemos hacer interpretaciones subjetivas y personales en cada caso en concreto.

Ahora bien, este segundo grupo de personas son muy peligrosas en cuanto a las distorsiones que se producen en la comunicación, tal como se decía al inicio, ya que suelen confundirnos al intentar distanciarnos de la realidad. Su estilo exagerado produce una consecuencia importante: la pérdida de confianza por parte de los demás. Llega un momento en que los receptores de los mensajes de las personas que exageran ya no se los creen porque se dan cuenta de la constante falta de objetividad de sus afirmaciones y éste es un problema grave, ya que la confianza es uno de los pilares fundamentales que permiten tener una buena comunicación. El “yo confío en ti” y “tu confías en mi”, aparte de darnos seguridad mutua es un punto de anclaje básico en las relaciones entre las personas.

Para terminar, sólo añadir que alejarnos de las posiciones extremadas y situarnos en un lugar más centrado, nos acerca siempre a la verdad. La filosofía que nos ayuda a entender este tema es el eclecticismo. Lo trataremos en otra ocasión.

 

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