El esfuerzo – 2

El esfuerzo es uno de los valores más positivos de toda sociedad. Una colectividad humana donde muchas personas se esfuerzan y tienen iniciativas y entusiasmo para “hacer cosas” seguro que progresará de una forma importante.

Actualmente se dice que en nuestro tejido social se está notando una cierta pérdida de este valor y se oyen voces en el sentido de que es necesario recuperar lo que se conoce como la “cultura del esfuerzo”.

Esforzarse no está hoy en día demasiado bien visto y son muchas las personas que procuran conseguir las cosas sin “sudar demasiado”. Si no encuentran algún motivo importante para ponerse en marcha, prefieren quedarse quietos. No hacer nada les resulta agradable: estar echados encima de la hierba en una tarde de primavera o sentados en un banco de un parque, mientras los demás corren de un lado para otro, apresurados por su trabajo, no deja de tener, para ellos, su encanto.

Una de las razones, entre otras, de esta pérdida del valor social de esforzarse es la educación excesivamente permisiva que se ha ido instalando en bastantes de nuestras escuelas y familias desde hace unos años. Esta permisividad conduce al descanso, a la inactividad, ya que si se puede elegir entre hacer y no hacer, se tiende de entrada y por ahorro energético, a no hacer nada o a hacer muy poco.

A pesar de esto, el esfuerzo no es antagónico a pasarlo bien. Aquí interviene la didáctica, que los maestros, cuando pueden, utilizan para que una cosa aburrida y que requiere esfuerzo se convierta en divertida y atractiva de hacer.

Sin negar el valor educativo que tiene el juego, no podemos caer en el mito vigente en la educación actual por el cual se dice que los fines se consiguen de una manera lúdica, distraída y alegre. La realidad de la vida es que todo cuesta mucho esfuerzo y esto es necesario hacerlo entender.

El gran reto de hoy es hacer atractivo el esfuerzo. Esto no resulta nada fácil y los maestros y los padres se sienten, muy a menudo, impotentes. Quieren hacer entender que en la vida no se regala nada y que es necesario “dar el callo” para obtener algún provecho, pero no acaban de encontrar las estrategias ni los mecanismos oportunos para trasmitir e inculcar este valor tan poderoso y esencial.

En educación, tanto la coacción como el chantaje, son malas consejeras. No obstante, a veces es el único recurso que queda, ya que parece que sólo si se amenaza o se exige a cambio de favores, los niños reaccionan y se esfuerzan. En el fondo, esta manera de potenciar el esfuerzo no es la adecuada, porque no se hace por sí mismo, responsablemente, sino sólo por la “zanahoria”. Quien se acostumbra a actuar movido sólo por finalidades externas no integra de forma correcta el auténtico valor del esfuerzo.

A nivel social, hemos de hacer una profunda autocrítica: nos extraña que los jovencitos no se esfuercen, pero es que en muchos casos se lo encuentran todo hecho. Antes de quejarse o pedir alguna cosa, ya les hemos dado lo que quieren. No experimentan la dificultad y saben que, pase lo que pase, todo seguirá su curso habitual. Si les hemos colocado dentro de un globo de confort y comodidad, ¿por qué se han de esforzar?

El filósofo Francesc Torralba señala que un valor educativo de primera magnitud es la contrariedad, una de las pocas herramientas que existen para contrarrestar, cuando la hay, el exceso de permisividad.  Si a los niños se les da todo hecho, preparado y filtrado, nunca sentirán la necesidad de esforzarse, de tener que cansarse, porque sin ningún esfuerzo tienen aquello que desean.

Puede parecer un poco cruel poner en dificultades a alguien, hacerle pasar un mal rato situándolo ante una contrariedad, pero en el fondo, si les ponemos en una situación difícil no es por gusto, sino para que puedan aprender, por ellos mismos y con una cierta disciplina, a encontrar la mejor solución.

Los padres y maestros han de poner contrariedades a los niños, adecuadas y pertinentes a sus edades y han de ayudarles y darles las herramientas para que puedan afrontarlas con garantías de éxito.

También hay muchos niños, adolescentes y jóvenes que se esfuerzan para lograr determinados horizontes, que son luchadores y trabajadores y sufren cuando no les salen bien las cosas. Hay que ser lo suficientemente elástico para dar confianza, reconocimiento y esperanza a todos los que se esfuerzan con autenticidad, pero, a la vez ser exigentes para suscitar el esfuerzo en aquellos que, diciéndolo de una forma coloquial, se columpian, o sencillamente esperan que sean los demás quienes les “saquen las castañas del fuego”.

A los que son padres o maestros les deseo mucho acierto en su tarea educativa. Es muy necesario darle la vuelta a la tendencia actual y recuperar la “cultura del esfuerzo” con todo lo que tiene de positivo, siendo además muy conscientes de que se trata de un tema de capital importancia: nos jugamos nuestro futuro como sociedad.

JORDI ESTELLER

Mayo 2013

 

21 Nen fent gimnàs                                    22

This post is also available in: Catalán

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *