El entusiasmo

El origen de esta palabra proviene de los antiguos griegos, que creían que el entusiasmo era un don del cielo. Decían que la persona que lo experimenta es como si tuviera un dios en su interior. En-theós: sentirse poseído por un dios, propio de las personas enérgicas y poderosas.

El entusiasmo es un estado de ánimo que nos impulsa a la acción. No se ve ni se toca, pero se siente. Es como una energía que nos llena, nos moviliza, nos activa y nos acelera. Podríamos decir que nos hace “hervir la sangre”

Se trata de una combinación de dos estados anímicos: el optimismo y la motivación. El optimismo nos permite creer que aquello que deseamos es posible de lograr y la motivación es la fuerza interna que nos pone en movimiento para actuar y nos acerca a conseguir todo lo que nos proponemos.

El entusiasmo viene determinado por tres impulsos principales: el deseo, la creencia y la expectación:

– El deseo se refiere al hecho de “querer” alcanzar una meta o conseguir alguna cosa.

– Respecto a la creencia, hay que considerar que todas las personas nos movemos sobre la base de determinadas creencias positivas que tenemos acerca de nosotros mismos, de los demás y del entorno. El hecho de carecer de estas creencias nos paraliza y por tanto nos impide la acción. En otras palabras, si no creemos que podemos ser capaces de conseguir “algo”, ya ni nos lo planteamos de forma seria.

– En cuanto a la expectación, la entendemos como aquello que nos mantiene firmes en la realización de actividades dirigidas a alcanzar el fin deseado y propuesto.

La persona entusiasta siempre encontrará o intentará encontrar las mejores respuestas a la problemática que se le presente. Normalmente toma la iniciativa, no se queda inmóvil ante hechos que le son contrarios y suele conseguir lo que quiere, precisamente porque cree que es posible. Es capaz de hacer despertar la creatividad y desprende una gran vitalidad que hace que se le note hasta en su aspecto físico, incluso en su manera de caminar.

El entusiasmo es uno de los motores del comportamiento y además es contagioso. Esta característica hace que sea un atributo esencial e imprescindible para los que se dedican a liderar equipos o grupos de trabajo. La capacidad de animar a los demás que tienen los entusiastas los hace únicos en esta difícil tarea de dirigir personas y les proporciona la clave para poder hacerlo con buenos resultados.

Viene a ser como algo mágico que hace que todo sea posible, o por lo menos abre la puerta a la esperanza de lograrlo. Hace que sea fácil lo que para otros resulta difícil o imposible.

El entusiasmo, aparte de acercarnos a situaciones de éxito, es un estado que se correlaciona con la satisfacción interior de hacer bien las cosas y con aquello que todos buscamos siempre: la felicidad.

Al otro lado de los entusiastas, encontramos los indiferentes, los escépticos, los que están tristes de forma permanente, los pesimistas, los que protestan por todo, los que nunca tienen ganas de nada. Todos conocemos personas así, son las que viven en un estado constante de infelicidad, son los instalados en la queja, todo lo encuentran mal o difícil y nunca emprenden ninguna acción para arreglar nada.

El mensaje es claro: hay que buscar “motivos” para entusiasmarse. La vida está llena de posibilidades: se pueden encontrar en la familia, en el trabajo, con los amigos, en los deportes, en la música, en la lectura, en las aficiones, los hobbies, etc.

Naturalmente que no todo es de color de rosa. Nada es fácil y en todas partes existen dificultades, obstáculos y también zancadillas y golpes bajos. Por lo tanto es aconsejable ir acompañados siempre por la prudencia; pero si sentimos que nos dominan los miedos, la desidia, la frustración, el rechazo, la apatía, la abulia, el abatimiento, la indiferencia y las inseguridades, pensemos que quizá haya llegado el momento de hacer una reflexión interna para replantearnos nuestro camino.

Hemos de ser conscientes que somos los arquitectos de nuestro futuro y nos corresponde a  nosotros decidir como queremos pasar el resto de nuestra vida. Encontrar este don del cielo, como decían los antiguos griegos, nos puede dar una nueva perspectiva. Vale la pena que nos lo propongamos.

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